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¿Quién asesinó a Sonia Rocío Prieto S.? 

Escribe: Luis Hernando Granada C.*

De Izquierda a derecha, Sonia Rocío Prieto Segura, víctima del criminal nuevo sistema de salud; a la derecha, los asesinos, el genocida Gustavo Petro y Guillermo Alfonso Jaramillo, el “doctor mortis”, ministro de salud.  

Cuando uno es jefe de un hogar, no debe ostentar solamente el título, sino, la responsabilidad frente a sus deberes y obligaciones: surtir una despensa, proporcionar el vestuario a su pareja y sus hijos, velar por la educación, pagar servicios, arriendo y en general, cumplir, ejercer, pero con total entereza y responsabilidad. Pero estas son obligaciones y deberes que no todos cumplen.

En una empresa sucede lo mismo; el gerente debe velar no solo por el correcto funcionamiento de dicha entidad, sino por el bienestar y las garantías de los trabajadores. Obviamente todo esto también es aplicable a quien se haga elegir como presidente de un país, el cual, en primera instancia, debe ejercer con vocación de servicio y no con intereses mezquinos y hasta criminales o de enriquecimiento ilícito.

Todo lo anterior, para deducir, que el asesino de Sonia Rocío Prieto Segura, fue Gustavo Petro Borrego, que acabó con el medianamente útil servicio de salud que había en Colombia, porque el primer día en que el genocida llegó con trampas al poder, los cambios fueron drásticos para los pacientes. Personas en pobreza extrema,  que pertenecían al régimen subsidiado, tenían que empezar a cancelar el copago, un tributo absurdo si tenemos en cuenta que la salud, –según la Constitución Nacional– es un derecho fundamental; los medicamente empezaron sospechosamente a escasear; los especialistas brillaban por su ausencia y para lograr una cita, había que estar en gracia de Dios. Lo demás, en torno a la salud, todos lo conocen.

Pero voy al grano: Sonia Rocío fue renuente ante la necesidad de buscar un alivio a través de la ciencia médica; prefería, o aguantarse el dolor o recurrir a las técnicas ancestrales –hierbas, secretos indígenas y ancestrales o a la oración–, porque no se justificaba, tomar un transporte, madrugar excesivamente para someterse a una larga fila para que le dieran una cita, y solo recibir, al final, unas tabletas de Acetaminofén, Ibuprofeno o cualquier otro placebo, es decir, una pastilla de azúcar o harina de trigo, una inyección con solución salina o someterse a una cirugía simulada.

Por eso Sonia Rocío, cuando empezó a sentirse mal, con una tos asfixiante, hizo lo que pudo en casa, pero el mal avanzó y finalmente terminó en una de las dos sedes del “Templo de la muerte”, a donde ingresó el pasado 25 de diciembre. Exámenes iban y venían y lo primero que detectaron fue una pequeña mancha en el pulmón. Sin embargo, no hubo un diagnóstico preciso; la demora en el análisis de laboratorio, no permitía conocer que se gestaba y avanzaba peligrosamente, un cáncer de pulmón, que finalmente, ante el mal servicio, la precaria atención y la falta de recursos, hizo metástasis a la altura del hígado de la paciente.

Para rematar, en alguna oportunidad le extendieron una fórmula y le exigieron que debía entregar todos los medicamentos formulados para poder darle la salida. Empezaba en ese momento, otra tortura a la cual se han sometido y se siguen sometiendo millones de pacientes en Colombia. Aunque la fórmula llevaba implícito el letrero de “prioritario”, al llegar a la farmacia le dijeron al acudiente que el medicamento se demoraría cinco días; pasaron los cinco días y venía otra talanquera: la farmacia no tenía el medicamento completo, y en esas circunstancias no se podía hacer nada por la paciente porque el centro asistencial exigía la totalidad de lo que aparecía en la fórmula. Finalmente, la paciente falleció con más complicaciones de las que tenía al entrar y sin recibir los medicamentos.

Fueron 50 días de angustia, de espera y de expectativa, durante los cuales hasta le encimaron una bacteria. Y esto no es raro en estos centros asistenciales donde el hacinamiento influye demasiado; el servicio de enfermería es precario porque muchas de estas personas no reciben ni un salario justo ni a tiempo; los médicos no cumplen con el juramento hipocrático, porque se olvidan que el juramento hipocrático es un documento ético fundamental de la medicina, redactado por Hipócrates alrededor del año 380 a.C. que compromete al facultativo a ejercer con beneficencia, confidencialidad, respeto por la vida y sin causar daño. Y así sucesivamente, en todas las áreas, en un sistema acabado por el genocida Petro, hay pretextos y desde luego, muertes injustificadas.

¿Y por qué el “Templo de la muerte”?

Sencillamente, porque son bastantes los que entran vivos y salen muertos. Son muchos los casos, pero bastaría citar unos cuantos para ratificar el título: Hace unos dos años, entró a una de esas dos sedes, una señora de 63 años, sana, llena de energía, de vitalidad, sin rasgos ni síntomas de enfermedad alguna, pero, realizando los oficios propios del hogar, se subió a una silla, se resbaló, se cayó y se fractura un brazo. Corrieron con ella al hospital y aunque duró allí más de 15 días salió en calidad de difunta, con el brazo fracturado, con diabetes, con problema renal a tal grado que se le sometió a diálisis, y en pocas palabras, con varias complicaciones que no tenía.

Personalmente, hace 15 años entré caminando a una de estas sedes del Hospital Federico Lleras. Ingresé, con un área equivalente a un centímetro cuadrado de piel necrosada en el pie izquierdo, y de acuerdo al criterio médico, por mi condición de diabético, era necesario amputar la pierna. Vino el pánico de la familia, pero ante la amenaza de muerte expresada por los médicos y en especial por un cirujano vascular enano, de apellido Ávila, perdí mi pierna. Pero la irresponsabilidad fue tanta, que la herida se infectó y cínicamente el carnicero médico, dijo que había que amputar diez centímetros más arriba. Así lo hizo y para concluir, salí del Federico Lleras, sin una pierna.

Con el paso de los años, –hace unos cuatro–, en medio de un procedimiento llamado arteriografía, otro cirujano vascular, conociendo los antecedentes, me dijo que no había sido necesario amputar.

Ya nada había qué hacer; me dejaron en silla de ruedas, con el pretexto que “la medicina no es una ciencia exacta”. Y podría citar muchos casos más, pero con estos dos ejemplos son suficientes, máxime ahora, cuando ya comprobamos que Petro es un genocida al igual que el ministro de salud, otro comunista de la peor calaña, del cual no se sabe por qué diablos estudió medicina; porque es médico y aunque mal médico, estudió para servirle a la humanidad, pero hace todo lo contrario y actúa como sicario.

Así andamos en Colombia. Por eso no dudo en acusar de asesino a Gustavo Petro, el genocida que delinque desde los 17 años: el mismo que hoy goza de privilegios porque cada día saquea a los colombianos con impuestos criminales; el mismo que se hace adorar y venerar por ingenuos y por los que componen la mafia transnacional comunista/socialista.

Pero lo que es peor, es que con erario público, con dinero que cada día nos roba, le hace campaña a otro genocida peor que él; a Iván Cepeda, el piojoso, el que lleva en el Congreso 30 años sin presentar y sacar adelante un solo proyecto de ley; el mismo que desde su curul, patrocina delincuentes y defiende a capa y espada a la narco guerrilla; el mismo que se ha enfrentado infructuosamente a Álvaro Uribe Vélez, y el mismo, que acabaría con el país porque es una cepa del cáncer que representa para Colombia, Gustavo  Petro Borrego, alias “El Cacas” o comandante Aureliano.

Todo esto, lo consigné en su momento en mi libro “La gran farsa de la izquierda” y hoy lo ratifico.

Colombia debe despertar y estar atentos, porque si Petro cometió fraude haciendo votar a más de tres millones de muertos y a más de 700 jóvenes que no reclamaron a tiempo su cédula, calculen que no podría hacer el piojoso Cepeda, el mismo que habla y Cepeda.

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PILDORITA: Estamos frente a un gran peligro: el fraude que se aproxima por parte de la izquierda comunista para llevar al poder al piojoso Iván Cepeda. No nos conviene dejarnos llevar por ideologías criminales cuyos resultados nefastos ya hemos visto en este “gobierno”. Por lo tanto los invito a ver el siguiente video: https://www.youtube.com/live/PllHJ_FBCBI

* Luis Hernando Granada C., Periodista, Publicista con más de 50 años de experiencia. Ex subdirector de la Revista El Congreso, ex Director y colaborador de varios medios de comunicación escritos, impresos y digitales. Autor de la Novela “El Imperio del terror” y de los libros “¿Y cómo es la vuelta?” y “La gran farsa de la izquierda” y Gestor Cultural del Tolima.

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