Aunque directivos universitarios y gestores de política pública defienden el rol de la Universidad como una instancia de rompimiento de brechas y equidad, estudios señalan que las diferencias sociales, familiares y económicas se mantienen después del estudio, incluso en las mismas IES.
El estudio, de reciente aparición, titulado “¿Quién resiste la tormenta? La transición inmediata después de la universidad y su papel en las brechas socioeconómicas de ingresos” (“Who Rides Out the Storm? The Immediate Post-College Transition and Its Role in Socioeconomic Earnings Gaps”), y publicado por National Bureau of Economic Research, en octubre de 2025, usa la metáfora de la tormenta como la incertidumbre y vulnerabilidad que enfrentan los egresados en el paso de la universidad al mercado laboral, en el caso de las instituciones educativas públicas de Estados Unidos.
Allí se advierte que a pesar de la gran prima salarial para la finalización de una licenciatura en general, cuando los estudiantes tienen la misma carrera, las mismas notas y salen de las mismas instituciones, los que proceden de familias de bajos ingresos terminan cinco años después ganando sustancialmente menos que sus pares de familias con más recursos.
La transición de la universidad al mercado laboral puede ser difícil de manejar, y los estudiantes con desventajas financieras, informativas o de otro tipo durante la búsqueda de empleo pueden ser más propensos a no encontrar un trabajo adecuado para su primer empleo.
El documento plantea que los estudiantes que provienen de entornos familiares con mayor capital social y cultural tienden a desarrollar habilidades blandas, resiliencia y confianza que se reflejan en mejores resultados en el mercado laboral. Por el contrario, quienes enfrentan limitaciones en su entorno familiar suelen tener menos acceso a redes profesionales y menos recursos para enfrentar la transición hacia la vida laboral.
Dicho de otra forma, esto significa que el hecho de graduarse (que durante años fue el objetivo central de las políticas de equidad) no cierra la brecha, simplemente la traslada al mercado de trabajo, donde reaparece con fuerza pese a haber recorrido el mismo itinerario académico.
La evidencia sugiere que la desigualdad reaparece en la transición al trabajo porque los recursos que importaban antes de la universidad (redes sociales, información temprana, colchón financiero y margen para esperar una mejor oferta) siguen operando cuando llega el momento de elegir el primer empleo.
Aquel que puede financiar unos meses sin salario puede rechazar ofertas malas y esperar una mejor, y quien no puede, acepta la primera. Quien tiene familiares o contactos en empresas grandes obtiene recomendaciones que reducen la fricción de entrada, y quien no, compite a ciegas. Incluso la información más sensible sobre cómo, cuándo y dónde postular se distribuye de forma desigual.
Desde ese prisma, el “primer escalón” no es azar ni mérito puro: es una traducción en términos laborales de las ventajas previas que no se ven en el expediente académico, pero que determinan la calidad del primer contrato, y de un futuro “brillante” o simplemente un futuro.
La brecha tiene posibilidades de disminuirse a medida que aumenta el tiempo de graduación. Porque los graduados de hogares con menos ingresos suelen llegar al final de la carrera con menos probabilidad de tener un empleo asegurado, aceptan ofertas con salarios iniciales menores y entran en empresas que, en promedio, pagan menos y ofrecen menos opciones de ascenso y formación.
Situación similar en otros países
Otro estudio “Las universidades de élite y la transmisión intergeneracional del capital humano y social” (“Elite Intergenerational Transmission of Human Capital and Social Connections”), de 2023, analizó cinco décadas de datos sobre padres e hijos en Chile y concluyó que las universidades de élite no solo transmiten capital humano (conocimientos y habilidades), sino también capital social (redes de contactos y conexiones), y que esta doble transmisión explica en gran medida la persistencia intergeneracional de las élites económicas y profesionales.
Lo positivo de esa situación es que cuando individuos de menor estatus logran la admisión a programas de grado universitarios de élite, logran transformar el entorno social de sus hijos. Por el contrario, la admisión de los padres a la élite no mejora el rendimiento académico de los niños en la escuela secundaria ni en los exámenes de admisión a la universidad.
Y la situación no es solo en Estados Unidos. En España, por ejemplo, el acceso a la universidad, y especialmente a las carreras STEM y de salud, está cada vez más concentrado en los hogares más aventajados (también con padres con altos niveles de formación).
En la nación europea, la universidad sigue ofreciendo oportunidades de movilidad ascendente para parte del alumnado de origen modesto, pero los datos sugieren que, al mismo tiempo, refuerza la reproducción intergeneracional de las ventajas. Para que las carreras científicas y tecnológicas sean verdaderamente accesibles en igualdad de condiciones, no bastará con ampliar plazas: será necesario actuar sobre los mecanismos de orientación, acceso y apoyo económico, de manera que el talento académico no dependa tanto del código postal ni del currículum de los padres.
T. El Observatorio de la Universidad Colombiana.-
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