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El continente tiene que librarse del régimen cubano

Escribe: Marcelo Duclos*

El régimen cubano invirtió en muchos socios políticos en América Latina. En algunos casos tuvo éxito. (Archivo).

Durante la segunda mitad del siglo XX, la isla-cárcel se convirtió en un cáncer con metástasis que afectó a todas las democracias latinoamericanas. Sin embargo, nunca hubo voluntad política para terminar con esta amenaza.

Por estas horas, varias empresas y embajadas están realizando planes de contingencia y evacuación de su personal en Cuba. Luego de la captura de Nicolás Maduro y ante la ausencia de colaboración del chavismo para con la isla-cárcel administrada por la misma dictadura desde 1959, todas las informaciones indican que, finalmente, el castrismo tendría los días contados. Incluso algunos analistas con buenas fuentes aseguran que Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro ya tendrían en negociación un cómodo exilio en Rusia, al igual que el exdictador sirio Bashar al-Assad.

Finalmente, y luego de una larga historia de enfrentamientos geopolíticos de relevancia que incluyen la crisis de los misiles y la fallida Bahía de Cochinos, que vienen de la década del sesenta, parece que Estados Unidos será el que termine con esta tragedia que amenazó permanentemente a todas las democracias de la región. Por lo que ha padecido América Latina durante los últimos años, todos deberían estar expectantes y colaborativos frente a un proceso que seguramente genere más críticas y acusaciones de violaciones al derecho internacional y a la soberanía de los países. Argumentos que vienen de los idiotas útiles de siempre (mote que usaban los bolcheviques para rotular a los defensores del comunismo en occidente) y de los “ensobrados” del régimen y sus tentáculos, que ofician como generadores de opinión que convencen a los idiotas útiles en cuestión.

La dictadura comunista –de notorio fracaso económico como todos los regímenes socialistas, pero de gran éxito en materia de influencia regional– ha estado detrás de cuanta aventura colectivista se ha planteado en América Latina. A veces con éxito, a veces no. Pero, siempre, detrás de cada amenaza colectivista de izquierda estuvo la dictadura cubana, que cuando sus delfines alcanzan el poder terminan cogobernando.

Con respecto a Venezuela, la “inversión” cubana viene de larga data. Para 1994, cuando Hugo Chávez visitó por primera vez la isla (y fue recibido con los honores de un jefe de Estado), la relación con los Castro ya estaba más que aceitada. “Tenemos un proyecto estratégico de largo plazo, en el cual los cubanos tienen y tendrían mucho que aportar”, dijo entonces el fallecido dictador en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Para cuando su salud se vio muy comprometida y tuvo que escoger a un sucesor, la elección de Nicolás Maduro sobre Diosdado Cabello tuvo mucho que ver con todas esas cuestiones. Detrás de su excanciller estaba toda la inteligencia cubana, mientras que Cabello tenía en mente un proyecto más personalista, respaldado por sus bases militares venezolanas. Es evidente que el régimen cubano, que podría estar en los últimos estertores, ya estaba orgánicamente en el gobierno.

Esto, que se volvió evidente con los soldados cubanos caídos en el operativo del 3 de enero para la captura de Maduro, viene de larga data. Incluso antes de la llegada del chavismo al poder, los cubanos ya tenían un exitoso sistema de infiltración en Venezuela. Veinticuatro años después de las elecciones de 1998, el excandidato Henrique Salas Römer confirmó que cuando él estaba todavía por encima de Chávez en las encuestas, la inteligencia cubana salió a jugar muy fuerte (además del dinero que puso en su candidato). En una entrevista, el exgobernador de Carabobo aseguró que los cubanos lograron infiltrarse en los accesos de información de inteligencia de los Estados Unidos, sugiriendo a la potencia del norte no jugar en contra del exmilitar golpista. Los informes de inteligencia sugerían que, si Chávez perdía las elecciones, los militares que le respondían desde el intento del golpe de Estado de 1992, se sumarían a la guerrilla colombiana, generando un serio proceso de desestabilización regional.

Pero, como señalamos, nada de esto es nuevo. En su libro La dictadura comunista de Salvador Allende, Nicolás Márquez detalla todo el proceso autoritario que se vivió en Chile entre 1970 y 1973, que nada tiene que ver con el proceso democrático y constitucional con el que se asocia usualmente a aquel período. En el texto, Márquez detalla todas las prerrogativas que tomó un Poder Ejecutivo autoritario, que desconoció desde la propiedad privada hasta los otros dos poderes del Estado. Con lo que se puede encontrar el lector que no conozca mucho la historia es con la información relativa a la presencia de Cuba en el Gobierno chileno. Más allá de lo que uno piense de Augusto Pinochet y su gobierno, Allende estaba en el marco de un proceso de estilo chavista, en colaboración con los agentes cubanos, que finalmente fue interrumpido.

Claro que todas las apuestas políticas no le salieron bien a Fidel Castro. En el libro Fue Cuba, de Juan Bautista Yofre, sobra la documentación que detalla el trabajo del castrismo para poner a sus delfines argentinos en la Casa Rosada, como hicieron con Chile y años después con Venezuela. La apuesta no solamente se limitaba al apoyo en lo político a alguien que pudiera imponerse democráticamente, sino también en lo militar, por si la posibilidad del socialismo era por la fuerza y con las armas. A finales de la década del sesenta, muchos altos dirigentes de la agrupación guerrillera Montoneros se entrenaron personalmente en la isla.

De más está decir que nada de todo esto se limitó a Venezuela, Chile y Argentina. Los hilos del titiritero están a simple vista con tantos otros proyectos como el de Evo Morales en Bolivia y el de Rafael Correa en Ecuador, pero también estuvieron en iniciativas de todos los países de la región. Como dijimos, algunos tuvieron más éxito que otros, pero siempre, detrás de la amenaza izquierdista a la democracia latinoamericana, ya sea por cuestiones armadas subversivas o mediante el respaldo a demagogos “democráticos”, siempre estuvo Cuba.

Sobran las razones para que los países hayan querido defenderse de este tumor canceroso, que generó metástasis para toda la región desde hace casi setenta años. Hasta había argumentos como para justificar un acto de guerra, no de agresión, sino de defensa propia. Sin embargo, la isla-cárcel estuvo siempre allí, impune, como una especie de Jurassic Park comunista desde la caída del muro de Berlín. El fin del castrismo sería, sin dudas, una excelente noticia, no solamente para los cubanos vivos que, en su gran mayoría, jamás vivieron en democracia y en libertad.* Marcelo Duclos, nació en Buenos Aires en 1981, estudió periodismo en TEA y cursó la maestría de Ciencias Políticas y Economía en Eseade. Excolumnista de opinión invitado de Perfil, Infobae, entre otros medios. Fue productor de POP Radio y encargado de noticias, docente de Estructura Económica Mundial y responsable de comunicación de la F. Naumann entre 2010 y 2022. Aficionado a la gastronomía, el mundo del vino y actualmente estudiante de sommelier. Músico y coleccionista de Queen

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Autor: Luis Hernando Granada C.

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