Escribe Marcelo Duclos*.-
“¿Así te roban en Palermo?”, Las cámaras de seguridad que confirman cómo al pobre turista francés lo desvalijaron las cinco viudas negras que llevó a su departamento. (X)
El caso del turista francés desvalijado en Palermo nos lleva a una conclusión incómoda pero inevitable, si queremos que estas situaciones dejen de repetirse.
Se trata de una de las noticias más recurrentes de Argentina hace varios años. Frecuentemente, un turista de algún país del primer mundo termina siendo drogado y desvalijado por el accionar de las denominadas “viudas negras”, quienes terminan siendo registradas en las cámaras de seguridad de los edificios de los barrios más “paquetes de Buenos Aires”.
Ahora le tocó a un francés quien, desafortunadamente, vio como una gran idea meter a cinco desconocidas en su departamento de alquiler, para alguna inolvidable experiencia sexual. Del binomio de “inolvidable” y “sexual”, se llevó de Argentina solamente lo primero.
Antes de desarrollar mi caso en favor de la prostitución libre (100%, para dar pie a empresas registradas, las cuales abastezcan la demanda del mercado) es necesaria esta aclaración a los amigos del exterior proclives a sucumbir a la tentación de la aventura de llevarse a un grupo de mujeres: no lo hagan. Don’t do it. Fais pas ça. Tun Sie es nicht. Не делайте этого. Para quienes hablan el mismo idioma y puedan venir de la madre patria, no sean gilipollas. Lo más probable es que ese grupo de nativas del pueblo originario llamado conurbano no tengan sus mismas expectativas con respecto a la fiesta sexual inolvidable. Tampoco acceda si usted no es tan ingenuo como para pensar que estas mujeres lo desean desenfrenadamente y pactó algún tipo de retribución monetaria. Lo más probable es que, si lo tienen a su merced, estén dispuestas a llevarse un monto mayor al acordado en esa especie de contrato informal.
También algún lector podría decirme: “Si hubo un acuerdo económico por la visita, eso cuenta como prostitución, por lo tanto, su legalización no garantizaría la erradicación del problema”. Bueno, aquí está el núcleo del tema en el cual quiero ahondar.
En los mercados legales y formales, cuando el vínculo entre las partes no tiene repetición, por darse en una única vez, y tampoco hay consecuencias directas en caso de traición, también surgen los daños colaterales propios del mercado negro. Antes de las aplicaciones de transporte como Uber, es sabido cómo muchos taxistas “paseaban” a sus clientes, quienes no conocían el recorrido, para cobrar más caro el viaje. Una vez más, los turistas extranjeros eran las víctimas más propensas a caer en esta estafa.
¿Por qué? Porque no había consecuencias negativas por dar un mal servicio, o directamente estafar, y porque chofer y pasajero, estadísticamente, no volverían a cruzarse nunca. Cuando las aplicaciones de transportes hicieron que cada usuario tenga la posibilidad de opinar sobre su experiencia, y esa calificación pase a ser la carta de presentación del conductor, las estafas se convirtieron en parte de la historia y los incentivos se alinearon para beneficio del consumidor y los trabajadores decentes.
De la misma manera que un viejo taxista caía en la tentación de obrar de mala manera, en caso de haber existido un acuerdo comercial entre las viudas negras y el francés —como en el resto de los turistas drogados y saqueados—, el problema aquí es el de la pésima combinación de mercado negro sumado a la no repetición en el contrato.
Vale aclarar que en el mercado negro, una variedad de instituciones sí busca prolongar sus operaciones basándose en el vínculo repetido entre consumidor y proveedor. En ese escenario particular, la opción de traicionar —ya sea ofreciendo un producto de mala calidad o no pagando lo pautado— tiene un costo: se quemaron las naves con la contraparte y no se podrá volver a pactar nada con esa persona. Por lo tanto, aunque no es posible acudir a tribunales para solucionar los conflictos, existen ofertantes dispuestos a cumplir con el contrato informal.
Aunque en las mentes más conservadoras la idea de una empresa trazable, con los incentivos del mercado y un buen servicio como ejes fundamentales para su subsistencia, la cual pueda ofrecer la oportunidad —en el marco de la legalidad y la formalidad— pasar la noche con cinco señoritas sea inaceptable, es necesario reconocer esa como la única manera de terminar con estos repetidos casos. Aparte de ello, estas noticias llegan al público, principalmente, porque fueron denunciadas. Ahora, si sumamos los casos que no trascienden por el pudor del estafado, el número sería mucho más alarmante.
Es importante también aclarar lo siguiente: uno no tiene necesariamente que trabajar en estas iniciativas ni invertir en ellas ni solicitar estas atenciones. Sin embargo, el objetivo central en este contexto es que quienes deseen hacerlo lo hagan y el mercado se encargue de poner el precio, porque dejar estas cosas como están, tal como sucede con otras regulaciones y prohibiciones, hacen que las externalidades sean contagiosas para el resto de las personas ajenas a estas transacciones.
Allí van recursos policiales, judiciales e, indirectamente, todos nos vemos afectados en cierta manera por la proliferación de casos vinculados a las normativas que generan delitos sin víctima. Otro caso paradigmático es la prohibición de las drogas. Ciudadanos que no compran ni venden alrededor del mundo padecen policías, políticos y jueces corrompidos por el narco. Sin mencionar, como dijimos, los recursos de la estructura legal dedicados a “resolver” estos conflictos de nula resolución en el largo plazo.
* Marcelo Duclos, nació en Buenos Aires en 1981, estudió periodismo en TEA y cursó la maestría de Ciencias Políticas y Economía en Eseade. Excolumnista de opinión invitado de Perfil, Infobae, entre otros medios. Fue productor de POP Radio y encargado de noticias, docente de Estructura Económica Mundial y responsable de comunicación de la F. Naumann entre 2010 y 2022. Aficionado a la gastronomía, el mundo del vino y actualmente estudiante de sommelier. Músico y coleccionista de Queen.
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