Escribe: Marcelo Duclos*.-
Todo parecería indicar que la proliferación de las agresiones es algo negativo. Sin embargo, es posible que sea más riesgoso la censura. (PanAm Post)
John Stuart Mill argumentaba que hasta las falacias y los puntos de vista equivocados cumplían un rol importante en el debate público: si una posición era la correcta se impondría en el marco de la competencia de ideas, contribuyendo a la evolución y a la optimización en términos generales, pero si era mentirosa, equivocada o falaz, también era útil. ¿Por qué? Porque servía para consolidar la posición correcta.
Existe una creencia arraigada que las cosas negativas es preferible prohibirlas. Desde un análisis básico, la premisa tiene sentido. Si se suprime algo objetivamente malo, el escenario sin la problemática será mejor en el corto, mediano o largo plazo.
Sin embargo, como con el cuerpo y las enfermedades, hay veces cuando los desajustes se manifiestan en síntomas que, si se esconden, las complicaciones pueden ser graves. Incluso mortales. Con el “cuerpo social” pasa una cosa similar, si se permite la analogía.
Cuando Elon Musk terminó con la censura de opinión en la plataforma de X (exTwitter), amplificando la libertad de expresión (siempre y cuando no se cometan delitos), los denominados “discursos de odio” se habrían incrementado. Según un estudio realizado en los Estados Unidos, el nuevo perfil de la popular red social habría generado, nada más y nada menos, un incremento de un 50% de estos “discursos”, tal como lo refleja la investigación Universidad de California en Berkeley y la Universidad del Sur de California.
El mero informe sobre la modificación en el comportamiento de los usuarios, como era de esperar, sirvió de apoyo para quienes fundamentan que lo mejor es censurar la maldad, en nombre del diálogo respetuoso y democrático. Esta tesis, sobre todo si se presenta con algún estudio respaldatorio, genera entusiasmo en un sector de la opinión pública, mientras otro lo acusa de “censor”.
Yendo al debate teórico de las ciencias políticas, aunque en ese entonces no existían internet ni las redes sociales, John Stuart Mill aseguraba en el siglo XIX desde su clásico On liberty que la libertad de expresión debe ser absoluta e irrestricta. El pensador liberal argumentaba que hasta las falacias y los puntos de vista equivocados cumplían un rol importante en el debate público: si una posición era la correcta se impondría en el marco de la competencia de ideas, contribuyendo a la evolución y a la optimización en términos generales, pero si era mentirosa, equivocada o falaz, también era útil. ¿Por qué? Porque servía para consolidar la posición correcta. Como una especie de ejercicio para mantener la musculatura de las certezas y las verdades, que eventualmente se terminarían imponiendo.
Tras la mutación de Twitter en X, la red social ha cambiado bastante. Es evidente que se respira mayor libertad y ya las personas pueden escribir sin las censuras de otros tiempos. Esta situación estaría por replicarse en otras plataformas importantes. En este sentido, Mark Zuckerberg, de Meta, piensa comenzar a imitar este camino, luego de una época oscura de Facebook, donde cualquier comentario era garantía de una cuenta bloqueada a modo de castigo.
Entre los aspectos fácil de enmarcarse como los “negativos”, algo que percibí en los nuevos debates de X es un aumento considerable de las posiciones antisemitas. Esto no se trata de un incremento del antisemitismo, sino del síntoma de una enfermedad revelada ante nuestros ojos.
Detrás de estas manifestaciones antijudías se repiten las mismas falacias históricas: el judío avaro, el control financiero mundial, el “mito” del Holocausto, el siempre inminente desembarco para la colonización de la Patagonia y el infaltable “control” sobre los medios de comunicación. Sí, justo cuando se descentralizan las voces y cada uno dice cualquier cosa sin censura para una platea masiva, parece que también “los judíos” estarían controlando todo.
Como dijimos, existe una argumentación razonable detrás de la idea que estas actitudes nocivas deban ser suprimidas. Sin embargo, aunque siempre estuve a favor de la libertad de expresión total y absoluta en los términos de Mill, hoy tengo un nuevo argumento en este sentido.
En lo personal, yo no me imaginaba que en la actualidad pueda existir un nivel tan alto de estupidez, ya que no sería la palabra adecuada “intolerancia”. Son estúpidos. Peligrosos, sí, pero estúpidos al fin. Paradójicamente, la libertad irrestricta me mostró este síntoma de una enfermedad que tiene un sector de la sociedad. Ante esta información, antes oculta con la distorsión de las redes hiperreguladas, uno puede activar las defensas ante problemáticas existentes, ignoradas con anterioridad. Por lo tanto, es preferible ver y lidiar con la escoria, que hacerse una idea falsa sobre el alcance de la misma.
Al tener conocimiento del estado real sobre estas cuestiones, la sociedad puede mantener sus niveles adecuados de alerta y precaución. Al taparse todo de forma artificial, las falsas impresiones de lo que puede estar sucediendo en la opinión pública representan sin dudas un peligro considerable.
Lo emanado de las redes sociales no es otra cosa que el resultado de nosotros mismos como sociedad. Algo muy distante de la perfección y lleno de miserias, como también de virtudes. La búsqueda del ideal, como en el resto de los ámbitos, seguramente nos lleve a un escenario más nocivo que el de la imperfecta realidad.
* Marcelo Duclos, nació en Buenos Aires en 1981, estudió periodismo en TEA y cursó la maestría de Ciencias Políticas y Economía en Eseade. Excolumnista de opinión invitado de Perfil, Infobae, entre otros medios. Fue productor de POP Radio y encargado de noticias, docente de Estructura Económica Mundial y responsable de comunicación de la F. Naumann entre 2010 y 2022. Aficionado a la gastronomía, el mundo del vino y actualmente estudiante de sommelier. Músico y coleccionista de Queen.
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